La ficción toma forma en Wallmapu: finaliza el rodaje de “Wallmey” en el lof de Zangküll de Carahue
El único cortometraje de ficción seleccionado por el Semillero Kelluwün finalizó sus grabaciones tras cuatro intensas jornadas en Carahue. El proyecto, dirigido por los hermanos Mankekura y Likanrayen Wentekura Ancavil, reunió a cerca de veinte personas en una experiencia marcada por el aprendizaje, la colaboración y el vínculo con el territorio.
Aún resuenan las voces de las últimas indicaciones, el sonido del río al amanecer y las conversaciones compartidas al finalizar cada jornada. A una semana de concluir el rodaje de Wallmey, quienes participaron de esta experiencia recuerdan con emoción los días vividos en el lof de Zangküll, en la comuna de Carahue, donde el cine se construyó colectivamente entre el trabajo técnico, la convivencia y el compromiso con una historia nacida desde el territorio.
Entre el 16 y el 19 de enero, cerca de veinte personas se trasladaron hasta la comunidad para dar vida al único proyecto de ficción seleccionado en la primera versión del Semillero Kelluwün. Equipos de dirección, fotografía, arte, sonido, iluminación, producción, actores y familiares compartieron cuatro días de intenso trabajo en torno a una propuesta audiovisual impulsada por los hermanos Mankekura y Likanrayen Wentekura Ancavil.
La realización de Wallmey fue el resultado de meses de preparación. Reuniones de coordinación, lecturas de guion, planificación de locaciones y diseño de producción permitieron construir las bases de una historia que, antes de llegar al rodaje, ya había transitado por un proceso de reflexión y memoria. Incluso, las lluvias obligaron a modificar las fechas inicialmente previstas, generando incertidumbre hasta los días previos al inicio de las grabaciones. Finalmente, el clima acompañó. Los días transcurrieron entre nubes y momentos de sol, mientras la lluvia aparecía principalmente durante las noches, permitiendo que las jornadas avanzaran según lo planificado.
Las locaciones fueron parte esencial de la construcción narrativa del cortometraje. Una ruka (casa), lewfü (río), lilha (patio) y un winkul (cerro), se transformaron en escenarios vivos para la historia. La participación de la familia y la comunidad fue igualmente importante. Alejandro Wentekura, padre de los directores, interpretó a un jinete en una de las escenas y colaboró facilitando espacios que formaron parte de la puesta en escena y del universo visual de la película.
El rodaje estuvo marcado por desafíos que exigieron creatividad y trabajo colectivo. En un entorno rural, donde el acceso a energía eléctrica no siempre estaba garantizado, el equipo debió resolver aspectos técnicos y de escenografía adaptándose a las condiciones del lugar. Una de las escenas más complejas fue una secuencia nocturna en el cerro, donde una actriz debía atravesar la oscuridad mientras el equipo de iluminación construía cuidadosamente la atmósfera visual requerida por la historia.
También quedaron en la memoria las jornadas que comenzaban antes del amanecer. A las cinco y media de la mañana, el equipo ya se encontraba junto al río preparando una de las escenas más exigentes del cortometraje, en la que una actriz debía sumergirse en las aguas heladas del lewfü para dar vida a un momento fundamental del relato.
En total se realizaron 144 tomas durante los cuatro días de grabación. Cada noche, luego de extensas jornadas de trabajo, el equipo se reunía para revisar lo realizado y prepararse para el día siguiente. Las hojas de llamado, coordinadas por Antonio Caro Berezin, asistente de dirección del proyecto, se transformaron en un ritual cotidiano que ayudó a ordenar el trabajo y fortalecer la convivencia entre quienes compartían esta experiencia.
“Hemos tenido jornadas muy provechosas y de mucho aprendizaje. También ha existido mucha conexión con el equipo y eso ha favorecido poder desarrollar de mejor manera lo que estamos buscando junto a Likanrayen dentro del proyecto”, señaló Mankekura Wentekura. Para el joven realizador, uno de los principales aportes del proceso ha sido el acompañamiento técnico y humano recibido durante el Semillero. “Lo más importante ha sido cómo nos han ayudado a plasmar lo que estamos imaginando. Ha sido una experiencia muy nutritiva”, afirmó.
Desde la Fundación Kelluwün, su directora, Jeannette Paillan, destacó el carácter formativo de esta etapa. “Habitualmente los procesos se concentran en la formación, pero creemos que el acompañamiento durante la realización es fundamental. Mientras se producen y ruedan las historias también se generan procesos de formación y autoformación para todas las personas que participan”, explicó.
Paillan destacó además que este acompañamiento busca extenderse más allá de la producción. “La idea es fortalecer iniciativas audiovisuales desde los territorios y acompañarlas hasta que las obras estén terminadas, circulen en espacios comunitarios y también puedan llegar a festivales de cine”.
Para Antonio Caro Berezin, realizador audiovisual, formador del Semillero y asistente de dirección de Wallmey, el proceso refleja uno de los principales objetivos de la iniciativa. “Lo bonito de este proyecto es que realizadores como Mankekura y Likanrayen han encontrado una instancia que se ajusta a sus necesidades. Han recibido apoyo para levantar una preproducción, desarrollar un rodaje y proyectar la circulación futura de su trabajo. Son creadores que ya venían construyendo un camino propio y hoy comienzan a recoger los frutos de ese recorrido”, señaló.
El rodaje también representó una experiencia significativa para el elenco. Entre ellos estuvo Alün Millaman, de 11 años, quien interpreta a Kuan y enfrentó por primera vez una producción cinematográfica. Acostumbrado al teatro escolar, descubrió las particularidades del lenguaje audiovisual durante las grabaciones. “Fue muy diferente porque hicimos muchas tomas y estaba un poco nervioso. Hubo escenas difíciles, como correr sin zapatos o pasar por debajo de un cerco, pero aprendí mucho”, relató.
Más allá de las exigencias técnicas y artísticas, quienes participaron coinciden en que uno de los aspectos más valiosos fue el ambiente de respeto, confianza y horizontalidad que se construyó durante esos días. La convivencia cotidiana permitió que el aprendizaje circulara entre todos los roles, fortaleciendo una experiencia que buscó hacer cine sin perder de vista el sentido comunitario que inspira al Semillero Kelluwün.
Con las grabaciones ya finalizadas, Wallmey se encuentra actualmente en proceso de montaje y postproducción. Las imágenes capturadas durante esos días comienzan ahora una nueva etapa, mientras permanece el recuerdo de las madrugadas junto al río, las conversaciones compartidas al final de cada jornada y la certeza de que las historias nacidas desde los territorios tienen mucho que aportar al cine y a la memoria viva de los pueblos.
Creo que esta versión se acerca más al tono de una nota cultural o de prensa institucional, porque no solo informa lo que ocurrió, sino que permite sentir cómo fue habitar esos días de rodaje en Zangküll.










